
Un recipiente para papas en contacto con manzanas, para evitar los brotes en las primeras. Imagen ©Jihyun Ryou.
Por Paula Alvarado.
La pregunta llega cuando uno está por mudarse fuera de la casa familiar: ¿qué tamaño de heladera? Cuando me tocó pasar por aquel momento me recomendaron que comprara una de gran capacidad, pensando en una familia en el futuro. Pero nos decidimos por una mediana, que jamás estuvo llena.
No es que los consejos estuvieran equivocados, estaban pensados para otra época: la idea de los refrigeradores gigantes se basa en una dieta compuesta por alimentos congelados y procesados que requieren de bajas temperaturas para su conservación, en una organización con compras mensuales en grandes supermercados. Con el movimiento ambiental, eso está cambiando: dejar lo procesado a un lado, elegir frutas y verduras de estación, comprar comida “de verdad”. Para cocinar de esta manera, la heladera sirve más que nada para bebidas y lácteos (o carne, si es que se consume).
Así es que el tema del tamaño de la heladera y de si ésta es realmente necesaria volvió a surgir esta semana, cuando circuló por la web un proyecto de la diseñadora Jihyun Ryou llamado Save Food from the Fridge (Salva a la comida de la heladera).