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Siempre se nos ha dicho que la ciencia en Latinoamérica es algo que queda muy lejano, que no tenemos referentes para seguir, universidades en donde cultivar nuestro conocimiento, ni tan siquiera la paciencia genética o la curiosidad natural de hacerlo.
Se nos ha recordado que no tenemos la disciplina de los pueblos nórdicos, que somos tropicales, alegres y espontáneos, que tal vez por ello nuestra música se escucha en los cinco continentes, la imaginación de nuestros escritores es elogiada y los sabores de nuestra gastronomía se encuentran en los mejores restaurantes del mundo.
Y es que la ciencia es una disciplina que requiere de la tecnología, necesita de los recursos que patrocinen procesos de investigación largos y tengan resultados económicos tangibles. Tal vez por ello muchos de los cerebros latinoamericanos trabajan en el primer mundo y lo han hecho durante años buscando mejores condiciones, huyendo de turbulentas situaciones políticas o sociales e incluso buscando mejores oportunidades de negocio.
Es tanto el olvido mediático que sufren nuestros científicos que es difícil encontrar en las calles de cualquier urbe latinoamericana personas comunes que conozcan sus nombres, entiendan sus virtudes y respeten el aporte que ellos han hecho a la vida de los seres humanos. Pero los hay, son personajes excéntricos, callados, comprometidos, “ratones de biblioteca”, freaks de laboratorio o eternos soñadores. ¿Cómo es el científico latinoamericano?
Quizás tenga la imaginación del aviador brasileño Alberto Santos Dumont, quien a pesar de no tener ninguna formación científica nunca se puso límites para volar. Es considerado el primer hombre que despegó abordo de un avión impulsado por un motor aeronáutico en un circuito preestablecido. Heredero de una familia de caficultores del norte de Brasil, hizo de la pasión por los aviones su vida, aunque nunca registró ninguno de sus avances.
O tal vez tenga el instinto creativo de Ladislao José Biro, el científico húngaro que se nacionalizó argentino y patentó aproximadamente 32 inventos. Gracias a él hoy podemos consignar las ideas en un papel, pues fue precisamente en Latinoamérica en donde se inventó el bolígrafo cuando Biro se cansó de utilizar la pluma para escribir.
Y finalmente Arturo Arias fue el inventor de la intensidad sísmica instrumental. Por supuesto, tenía que ser un chileno el creador de la medición más exacta conocida del riesgo sísmico de un lugar.
Pero el científico latinoamericano también debe vencer los prejuicios y trazarse metas más altas de su condición. Como lo hizo el costarricense Franklin Chang Díaz, el primer astronauta latinoamericano de la NASA, quien ostenta el récord de ser uno de los hombres con más misiones y horas en el espacio.
Tras su retiro Chang fundó AD Astra Rocket, una empresa que busca desarrollar un motor de plasma (gas caliente formado por iones y electrones) de bajo consumo que permitirá llevar la exploración espacial a niveles inimaginables.
Todo aquel que ame el mundo de la investigación en este continente debe ser un revolucionario, como lo era Luís Ernesto Miramontes. A este químico mexicano, ganador del premio Nobel, se le atribuye la invención de la píldora anticonceptiva, uno de los inventos más trasgresores de la historia de la humanidad.
También en este continente, un brasileño-alemán llamado Andrea Pavel inventó el “walkman”; y el mexicano Armando Fernández patentó el “mouse pad”.
Seguramente muy pocos saben que fue aquí donde vivieron los padres de la fotografía, la radio y la televisión a color y que procedimientos como las pruebas de paternidad, la radiografía pulmonar, la medición de la cantidad de azúcar en la sangre y las modificaciones genéticas tienen su origen en cerebros nacidos en Brasil, Argentina y Venezuela.
Historias de genios becados en las mejores universidades del mundo, luchadores que han hecho de la ciencia su manera de ayudar a la humanidad. Exploradores que han trazado un nuevo continente.
Ante todo, el perfecto científico latinoamericano debe tener la capacidad para adaptarse a las condiciones más extremas, ser algo burócrata, relaciones públicas y tener un poco de estrella pop, al menos si quiere que su obra trascienda. De no hacerlo así, debe vivir con comodidad en el anonimato y ser reconocido más allá de las fronteras de su país natal.
A pesar de todo, somos inventores por naturaleza desde la época de los Mayas y los Incas hasta la de Héctor García, mexicano que asesoró a los creadores de Google en la Universidad de Standford. Y por todo ello, a pesar de las condiciones hostiles para la ciencia y la investigación en Latinoamérica, siempre habrá un nuevo Biro, Arias o Fernández con alguna idea brillante que pueda impactar para siempre en el destino de la humanidad.