
Si en Buenos Aires hacia frío, en el Aconcagua encontramos puro hielo. Llegamos al mirador principal situado a la entrada de un pequeño valle que sirve de acceso para los que intentan conquistar la cima del pico más alto del continente.
Allí, un equipo de producción comenzó a instalar la grúa, las cámaras y las luces que servirían para documentar la segunda parada de la carrera. Mientras trabajaban los técnicos, Patricio, el director artístico, Marcelo, el realizador, y yo, nos acercamos caminando a la base del coloso para grabar unas presentaciones y, más importante aún, para observar el entorno y maravillarnos ante la imponente belleza del lugar.
Trabajar con The Amazing Race es un pasaporte a los lugares más espectaculares del continente. En esa fría mañana en el Aconcagua me di cuenta de lo afortunados que somos los integrantes de este equipo. Pensé en todos los aventureros que habían intentado subir a la cima; en los que lo habían logrado con éxito y regresado con vida a sus hogares; y en los que habían dejado sus vidas en las frías laderas del coloso. Pensé que todos compartían el mismo sentido de aventura, el deseo de conocer lo desconocido, de llegar a los límites de sus capacidades para hacer lo que muy pocos han hecho.
Pensé que de cierta manera, y si bien a una escala mucho menor, los participantes de The Amazing Race, hacían lo mismo… y con su empeño, estaban honrando el esfuerzo de los aventureros que los precedían aquí.
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